Durante mucho tiempo, la salud mental fue comprendida principalmente desde dimensiones psicológicas y sociales. Sin embargo, los avances en neurociencia han permitido reconocer que el funcionamiento mental depende de procesos biológicos fundamentales, entre ellos, la disponibilidad de nutrientes que sostienen la actividad cerebral.
El cerebro es un órgano altamente activo desde el punto de vista metabólico. Aunque representa aproximadamente el 2% del peso corporal, consume cerca del 20–25% de la energía total del organismo (Raichle & Gusnard, 2002). Esta demanda energética refleja la complejidad de los procesos que allí ocurren: pensamiento, memoria, regulación emocional, percepción y construcción de la experiencia subjetiva.
Glucosa: la fuente principal de energía cerebral
Las neuronas requieren un suministro constante de energía obtenida de la glucosa para mantener su actividad eléctrica y química, lo que permite la transmisión de información entre células. Esta energía es necesaria para procesos como la transmisión de impulsos nerviosos, la liberación de neurotransmisores, el mantenimiento del equilibrio electroquímico neuronal y la plasticidad cerebral. Cuando los niveles de glucosa disminuyen, pueden aparecer dificultades cognitivas como problemas de concentración, confusión, irritabilidad y fatiga mental (McNay & Recknagel, 2011).
Ácidos grasos esenciales: la estructura de la comunicación neuronal
Los ácidos grasos, especialmente los omega-3, son componentes fundamentales de las membranas neuronales que permiten la transmisión de señales entre neuronas y participan en la eficiencia de la comunicación cerebral especialmente en áreas relacionadas con la memoria y la regulación emocional (Bazinet & Layé, 2014). Entre sus funciones principales se encuentran favorecer la plasticidad neuronal, facilitar la transmisión sináptica y regular procesos inflamatorios. Diversos estudios asocian bajos niveles de omega-3 con un mayor riesgo de depresión y alteraciones del estado de ánimo (Grosso et al., 2014).

Aminoácidos: precursores de los neurotransmisores
Los aminoácidos, vitaminas y minerales son esenciales para la síntesis de neurotransmisores, algunos ejemplos incluyen el triptófano, la tirosina y la glutamina necesarios para la formación de serotonina, dopamina y glutamato; neurotransmisores que están relacionados con la regulación emocional, la motivación, la atención, la respuesta al estrés, la excitación y la inhibición cerebral. La disponibilidad adecuada de estos aminoácidos influye directamente en la capacidad del cerebro para regular las emociones y responder a las demandas del entorno (Fernstrom, 2013).
Vitaminas y minerales: facilitadores de los procesos neuroquímicos
Entre los más importantes se encuentran las vitaminas del complejo B (especialmente B6, B9 y B12), el magnesio, el zinc y el hierro; utilizadas para la síntesis de neurotransmisores y el mantenimiento del sistema nervioso, la excitabilidad neuronal, la plasticidad cerebral, el transporte de oxígeno y la síntesis de dopamina. Deficiencias en estos nutrientes se han asociado con síntomas como fatiga mental, dificultades cognitivas y alteraciones emocionales (Sarris et al., 2015).
Aquellas dietas ricas en frutas, verduras, aceite de oliva, pescado y frutos secos se asocia con menor riesgo de depresión, ansiedad y deterioro cognitivo debido a sus efectos antiinflamatorios, antioxidantes y neuroprotectores.
Mientras que las dietas que se caracterizan por contener ultraprocesados, azúcares refinados y grasas saturadas se asocian con mayor riesgo de comorbilidad psicológica.
El funcionamiento mental emerge de la interacción entre múltiples dimensiones: biológicas, psicológicas y sociales, los nutrientes no determinan la experiencia emocional, pero constituyen una base que permite el funcionamiento adecuado de los sistemas cerebrales implicados en la regulación emocional, el pensamiento y la adaptación. Comprender esta relación permite reconocer que el cuidado de la salud mental también implica atender las condiciones biológicas que sostienen el funcionamiento cerebral. Desde esta perspectiva, la nutrición puede entenderse como uno de los múltiples factores que participan en el bienestar psicológico, junto con la historia personal, los vínculos, el contexto y los procesos subjetivos de cada persona.
Referencias
Bazinet, R. P., & Layé, S. (2014). Polyunsaturated fatty acids and their metabolites in brain function. Nature Reviews Neuroscience, 15(12), 771–785.
Fernstrom, J. D. (2013). Large neutral amino acids: dietary effects on brain neurochemistry and function. Amino Acids, 45(3), 419–430.
Grosso, G. et al. (2014). Role of omega-3 fatty acids in the treatment of depressive disorders. Journal of Affective Disorders, 170, 1–11.
McNay, E. C., & Recknagel, A. K. (2011). Brain insulin signaling. Molecular Neurobiology, 44(3), 386–392.
Raichle, M. E., & Gusnard, D. A. (2002). Appraising the brain's energy budget. PNAS, 99(16), 10237–10239.
Sarris, J. et al. (2015). Nutritional medicine as mainstream in psychiatry. The Lancet Psychiatry, 2(3), 271–274.